«Tomar, nostalgia de los templarios»

Março 27, 2015 at 3:56 pm Deixe um comentário

Viaje a Portugal para descubrir el convento de Cristo, levantado en el siglo XII por el caballero-monje Gualdim Pais. Los misterios novelescos de ‘El nombre de la rosa’ toman forma en un gran enclave del arte manuelino

Ha caído la noche. Los monjes caminan con antorchas por el convento. Forman círculo ante la cruz de los templarios mientras suenan fúnebres cantos gregorianos. Varios religiosos han aparecido muertos, uno de ellos en el mismo refectorio mientras la ignorante plebe comía higos con vino. Han pasado cinco horas y siete asesinatos entre las viejas paredes de la más ambiciosa construcción de los Caballeros de Cristo y aún no se ha descubierto al pecador.

Cada año, el grupo teatral Fatias de Cá recrea la novela El nombre de la rosa en este monumento, testigo de muchas historias y aún más leyendas de las que imaginara Umberto Eco: el castillo y convento de Cristo de la ciudad portuguesa de Tomar.

El público sigue a los actores-monjes en una performance mitad teatro, mitad gira turística; van de claustro en claustro, de capilla en capilla; descansan en el refectorio y se asoman al coro, atravesando cinco siglos de arquitecturas, del románico al Renacimiento, pasando por el gótico autóctono, al que dio nombre el rey Manuel: el manuelino. Pero este enclave de Tomar, patrimonio mundial desde 1983, guarda también la leyenda de los Caballeros Templarios, que mantuvieron su poder en Portugal mientras eran exterminados en otras tierras.

Desde abajo, la fortaleza parece una de tantas. Fue encargada en 1160 al guerrero templario Gualdim Pais para frenar la invasión musulmana, lo que consiguió. Después, los monjes-guerreros se dispusieron a erigir la Charola (hacia 1250), una iglesia dentro de otra; una poderosa estructura románica por fuera, y por dentro una planta octogonal con el referente del Santo Sepulcro de Jerusalén, sede de los templarios. Ocho arcos estrechos, pero suficientemente altos como para que los caballeros pudieran entrar y salir sin descabalgar.

Los monjes-actores y el público entran en la Charola, que hoy poco tiene que ver con la inicial, pues los sucesivos maestros de la orden fueron dejando su huella. A principios del siglo XIV, el rey portugués Dinis acató la orden papal de perseguir a los templarios: les cambió de nombre, de la Orden de Caballeros de Cristo a Orden de Cristo, con el mismo hábito y cruz, y respetando sus bienes. Ya gran maestre de la orden, Henriqueel Navegante se instaló una década en el convento para organizar los grandes viajes a las Indias. Tomar fue la capital espiritual de los Caballeros de Cristo y el faro del nuevo mundo.

Misteriosas señales

Henrique añadió órgano y coro a la Charola, y otro claustro (1420); después el rey Manuel (que reinó de 1495 a 1521) recargó la capilla de colores y oro, y de tablas policromadas que, gracias a una reciente restauración, se pueden contemplar en perfecto estado, al igual que misteriosas señales templarias. Hay que salir a uno de los siete claustros del convento para apreciar la ventana del coro, un exhibicionismo de arte sobre piedra, con filigranas en forma de cuerdas, serpientes, eclécticos cinturones con sus agujeros, cruces, flores, símbolos marinos que exaltan la época de los descubrimientos, mezclados con la corteza retorcida del roble, el árbol de la vida de las Sagradas Escrituras. Aunque solo sea una ventana —tallada entre 1510 y 1513—, le hace la competencia al monasterio de los Jerónimos como obra cumbre del arte manuelino. De este alarde estético se salta, de claustro en claustro, a la época renacentista, ya bajo el reinado de Juan III, que aplicó al convento la estricta clausura; a él se debe el intento de tapiar la maravillosa ventana manuelina, más por odio hacia su padre, Manuel (le había quitado la novia), que por rigores de la imperante Inquisición.

Con tan gran fortaleza arriba, abajo la ciudad, de unos 43.000 habitantes, vive tranquila. La figura de su fundador, el templario Gualdim Pais, se erige en la plaza principal con la iglesia de San Juan Bautista por frente. El comercio tira de la historia, con hoteles templarios y tiendas templarias.

Cruzando el río Nabão se llega a la iglesia de Santa María del Olival, levantada por Pais cuando volvió de las cruzadas con todos sus miembros enteros, cuyos restos descansan aquí. Al entrar, extrañamente, hay que bajar una escalera de ocho peldaños, el número mágico de los templarios; ocho son también las columnas que sostienen la nave central; muchos simbolismos y misterios, como el túnel que se esconde, dicen, bajo la torre achaparrada de la iglesia y escala hasta las murallas del convento de Cristo, donde, después de cinco horas de representación, el grupo teatral ya habrá descubierto al monje asesino de El nombre de la rosa. Pero a la ciudad templaria de Tomar aún le quedan muchos misterios por resolver.

(Javíer Martin – El País)

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